Daniela Rotalde, comunicadora, filósofa y directora de Toronja, central de comunicadores, compartió con nosotras sus interesantes reflexiones acerca de las relaciones empleadora-trabajadora del hogar en Lima hoy y los motivos por los que estas relaciones ya no son tan largas como antes.

Mi vida ha estado rodeada de trabajadoras del hogar. Si bien en mi familia las madres estuvieron presentes criando a los hijos, las trabajadoras del hogar ocuparon un rol fundamental, así que estoy acostumbrada a que sean relaciones muy largas, muy estrechas, muy familiares. Nunca he tenido la experiencia de una trabajadora que sea estrictamente trabajadora y que no tenga un vínculo familiar contigo. Así es también con Balvina, quien trabaja conmigo desde hace 14 o 15 años.

Sin embargo el caso de mi hermana mayor es diferente. Desde que nació su hijo que hoy tiene 5 años, debe haber tenido 5 trabajadoras del hogar por lo menos. Conversando con ella empecé a entender las diferencias entre las expectativas de Balvina, que es de otra generación, y las de las chicas más jóvenes que cuidaban a mi sobrino. Para Balvi el progreso se concentra en sus hijos. Ella ha trabajado para sacarlos adelante y para que vayan a la universidad. Por lo tanto su prioridad fue formar un relación de largo plazo con una familia buena que le diera estabilidad. Las más jóvenes en cambio ven el servicio doméstico como una vía para su propio futuro. Son ellas quienes quieren estudiar, quienes tienen otras apuestas.

¿Crees que los empleadores hoy día están dispuestos a participar de estas apuestas?

Creo que está ocurriendo pero aún es un proceso lento. Se empieza a mover cuando las nuevas generaciones de mujeres ya no quieren ser trabajadoras del hogar para siempre y demandan un nuevo tipo de relación que les permita tener otras oportunidades. El problema es que a los empleadores, por costumbre o comodidad, nos cuesta soltar.

Por eso el rol de organizaciones como la de ustedes es tan importante. Porque estimulan el cambio y lo aceleran. En muchos casos basta con transparentar la situación, mostrarle a las trabajadoras sus opciones y explicarle a los empleadores que es razonable y hasta beneficioso darles la posibilidad de estudiar.

Has tenido trabajadoras del hogar a tu lado durante largos períodos en tu vida y ahora la situación para la mayoría de empleadores es diferente.

A veces pienso es parte de una inercia que no hemos podido superar. Nos hemos quedado en un esquema de servicio doméstico para una casa con jardín, 5 cuartos y 5 hijos cuando hoy, en la mayoría de los casos, todo es más chiquito. Los espacios se han reducido, los miembros de la familia se han reducido, hay un montón de cosas que podemos solucionar solos. Sobre todo porque hoy felizmente muchos hombres también se involucran en las actividades domésticas.

Pensemos en un departamento de 100 m2 con 2 hijos pequeños. Podemos cumplir con ciertas tareas básicas como ayudar a los niños a alistarse en la mañana para que vayan al colegio, hacerles la lonchera, servir el desayuno. Así las trabajadoras podrían llegar a tiempo sin salir de sus casas a las 5 am. O bañarlos en las noches y darles de cenar. Así las trabajadoras tendrían tiempo de salir a estudiar. Son cosas que no son demasiado complejas, que te permiten un espacio con tu familia y que también son formativas para los hijos cuando tengan que asumir sus propias responsabilidades en la casa.

¿Estamos viviendo una etapa de transición?

Espero que sí. Y si las trabajadoras están moviendo la rueda, nos toca a quienes empleamos promover que esa transición sea corta y no resistir al cambio. Las chicas jóvenes que quieren estudiar podrían hacerlo con algunos ajustes de nuestra parte. Por ejemplo, renunciar a tener trabajadoras “cama adentro” a menos que sea indispensable para darles tiempo de organizar sus propias tareas en la casa y de asistir a clases. Sin contar con que la familia de esa persona también necesita a esa madre o a esa hermana o a esa tía cerca de su propia casa.

La vez pasada alguien preguntó en un grupo de Facebook cuánto debe ganar una empleada del hogar formalmente inscrita en la SUNAT. Una chica respondió que ella pagaba por trabajo doméstico y cocina (no para cuidar niños) un sueldo de S/. 1,600 más beneficios y gratificaciones. A varias les parecía, según sus palabras, carísimo. Pero si te pones a pensar en que esa persona gasta en movilidad, ojalá estudios, aporta para la canasta básica de su familia, o tiene hijos y quizá tenga que afrontar alguna vez un gasto de salud, entre otras cosas, ¿no es tanto, no?. La pregunta no es cuánto paga el mercado que ya sabemos que está subvaluado, sino cuánto crees que vale el trabajo duro en la casa (ese que nadie más quiere hacer), cuánta capacidad le quieres dar de ahorro, si crees que es justo que tenga un mejor futuro o que se lo de a su familia. Si quieres tener una trabajadora del hogar tienes que estar dispuesto a invertir lo que corresponde.