Sandro Venturo, el reconocido sociólogo y comunicador, compartió con nosotras sus reflexiones sobre cómo viene evolucionando el trabajo del hogar en la sociedad peruana.

Desde que nací hasta hoy, siempre en las casas donde he vivido, ha habido una trabajadora del hogar. A tiempo completo o parcial. En el Perú de los sectores medios y altos, y desde hace unos años en los sectores bajos, es una presencia imprescindible.

Contar con una trabajadora del hogar en tu casa tiene dos dimensiones. Por un lado, yo espero contar con alguien que sepa hacer su trabajo, técnicamente bien y que por eso tenga una remuneración adecuada. Por otro lado, en la medida en que esa persona trabaja dentro de tu casa, inclusive cuando tienes una trabajadora  “cama afuera”, es imposible que no haya una cuota de intimidad, una confianza que ya no solamente es laboral sino personal. El día que discutes con tu pareja esa persona está en tu casa, el día que regañas a tus hijos esa persona está dentro de tu casa, el día que llegas feliz de tu trabajo, o deprimido de tu trabajo, esa persona está en tu casa. Le estás confiando no solamente que lave la ropa u ordene tu habitación, ella está en tu backstage, convive contigo detrás del escenario. Es una dimensión afectiva que hace que ese vínculo sea diferente. Y por eso su trabajo es dos veces valioso.

Si evaluamos cómo era la realidad de las trabajadoras del hogar hace unos 20 o 30 años y ahora, ¿qué sientes que se ha perdido y qué sientes que se ha ganado?

Se han perdido cosas para bien. Se ha perdido la idea de que las trabajadoras del hogar deben estar 24 horas atendiéndote. Tengo la impresión que de forma progresiva se están perdiendo estas relaciones serviles, sino no existirían las agencias de empleos domésticos, ni abría tanta rotación en el empleo doméstico. Muchas trabajadoras no aguantan pulgas, felizmente. Pero no hacen escándalo, sólo se van sin avisar. Perder esa servidumbre es lo mejor que le puede pasar a una sociedad como la nuestra que todavía vive a la sombra de la colonia.

Por otro lado, se está ganando un vínculo más técnico, más profesional, con las trabajadoras del hogar. De hecho esto es más visible, por ejemplo, en el caso de ciertas nanas que hacen valer su especialización.

En fin, esto es lo que corresponde a una relación entre dos ciudadanos que tienen los mismos deberes y los mismos derechos. Uno busca trabajo, el otro un apoyo solvente en su hogar.

¿Por qué crees que a tanta gente le cuesta todavía considerar al trabajo del hogar como un trabajo?

Pienso que es por tres cosas. La primera, porque se imagina que las labores domésticas no requieren ninguna pericia, ninguna técnica; que barrer, planchar, cocinar, tender la ropa, son actividades que vienen genéticamente en las mujeres. Al ser “naturales” no requieren de ningún aprendizaje, por eso es que el trabajo doméstico es el menos valorado en la sociedad.

Una segunda cosa tiene que ver con que todavía somos una sociedad que vive en una larga resaca colonial. Entonces el racismo que todos llevamos dentro, todos, hasta los que luchamos contra el racismo, hace que consideremos que este trabajo minusvalorado socialmente le corresponda a las “cholas”. Tal vez mucha gente ya no se expresa así pero aún lo siente, en el fondo lo siente. Anda diles que compartan el baño o la piscina o la playa. Inclusive todavía hay gente que no conoce el apellido de las personas que trabajan para ellas.

Y la tercera es por conveniencia. Tiene que ver con una cosa estrictamente económica. Si consideramos que el trabajo doméstico es el menos valorado porque lo imaginamos el más simple, por qué tendríamos que pagar bien por eso. Nos conviene no valorarlo.

Ahora bien, si tú le preguntaras a una ama de casa lo siguiente: “¿cuánto cobrarías por hacer todos los días el trabajo doméstico en tu propia casa? Probablemente te va a decir un monto mucho mayor que el que le paga a su empleada. Y si es una profesional, es probable que imagine un monto mayor a su salario u honorarios profesionales porque no hay otra forma de “soplarse” ese trabajo pesado y delicado que con una paga extraordinaria. Bueno, luego pregúntale: “¿y cuánto le pagas a la señora o a la chica que trabaja en tu casa haciendo eso mismo?” Te aseguro que la diferencia entre ambos montos es, lamentablemente, vergonzosa.